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Miércoles Santo 2026: Del Réquiem a la gloria

Miércoles Santo 2026 tras la Hermandad de Los Panaderos

«Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra. Volvió, pues, a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús nazareno. Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos. (Juan 18,4-8)»

El reloj marcaba las seis de la tarde del primer día de abril de 2026. Era Miércoles Santo, y los músicos de Las Cigarreras se iban agolpando en la calle Arguijo. El paso de diversas hermandades por la calle Orfila hace imposible acceder a ella. Pero parece quelo divino de la ocasión traspasa las paredes, pues ya se sentía el olivo en la calle aún con las puertas de la capilla cerradas.

En esta ocasión, la hermandad de Los Panaderos conmemoraba su 425 aniversario fundacional. Y cuando las agujas del reloj marcaron las 19:43 horas, la capilla de San Andrés abrió sus puertas para flotar por las calles de Sevilla un nuevo miércoles santo.

Cuando el señor asomó sus manos, dio cobijo a todo aquel que durante un año lo aclamó, pero, sobre todo, a nuestro compañero Miguel García, quién sufría el calvario que supone perder a un padre. Es por ello que, como si fuese el padre de todos, se interpretó Requiem como un grito al cielo que no sonó a despedida, sino a recordatorio de que solo muere aquel que es olvidado.

Las lagrimas cayeron, se secaron, y el imponente misterio de la calle Orfila decidió narrar una historia audiovisual un año más. “Detrás de cada Azote, siempre viene una Victoria”, con este lema que ayuda a la formación a afrontar cada tropiezo, continuó la jornada del Miércoles Santo, y tras interpretar Réquiem con el corazón encogido, sonó ¡Victoria!

Los aplausos y alabanzas eran multitudinarios. Y con Ave María y Crucifixus sonando en Amor de Dios, se confirmó la perfecta simbiosis que existe entre el andar valiente de la cuadrilla del Soberano Poder y los sones inconfundibles de nuestra formación. La estrechez de la calle se convirtió en un templo donde las cornetas y el rachear de los costaleros fundieron a los presentes en un solo corazón, regalando una de las estampas más memorables de la noche.

Si hay un lugar donde el tiempo cobra otra dimensión cada Miércoles Santo, ese es el palquillo de la Campana. Allí, frente a la mirada atenta de miles de almas, el misterio del Soberano Poder volvió a sentar cátedra. Empezaron a sonar los acordes de Jesús, Salvador y Soberano, y como un resorte, la cuadrilla respondió con esa que la caracteriza. El esfuerzo bajo las trabajaderas se fundió a la perfección con la exquisitez de Sanctae Crucis, demostrando la precisión de una maquinaria perfecta en la que corneta y costal respiran al unísono. Para despedir al Señor y adentrarlo en la estrechez de la Carrera Oficial, Las Cigarreras pareció rezar al cielo de Sevilla con las notas de Y en la otra orilla… dejando flotando en la plaza un regusto a majestad y poderío imposible de olvidar.

Ya de recogida, la noche se vio sumida en un espectáculo al alcance de muy pocos privilegiados… A esas horas, cuando la devoción se vuelve más cercana y el aire frío de la madrugada empieza a calar en Sevilla, el silencio de la plaza del Salvador se rompió con el misterio y la profundidad de Gath Shemânîm, abrazando al Señor en su camino de vuelta a Orfila. Lejos de rendirse al peso de la jornada, los compases de Yo soy la luz del mundo, que ya no suenan a novedad, inundaron la plaza. El broche final a esta escena, cargada de pellizco y verdad, llegó con los tintes épicos de Ante Pilatos… El Hijo de Dios. Fue un auténtico derroche de fuerza y maestría musical que empujó a la Hermandad de los Panaderos hacia la intimidad de su capilla, dejando una huella sonora imborrable en el corazón de la ciudad.

Y ya en Orfila, pasada la una de la madrugada, los corazones empezaban a latir al unísono sabiendo que otro año de espera estaba por llegar. Bajo los sones de Silencio, ante Herodes… El Hijo de Dios, Agnus Dei, y Anima Christi, el misterio del Prendimiento puso el broche de oro a un nuevo Miércoles Santo en el que rezar se volvió dulce al revivir el recuerdo de todo aquel que no está entre nosotros y para demostrar una vez más que “Detrás de cada Azote, siempre viene una Victoria.”

Foto: Enrique Jesús Coto

Información del autor
Imagen de Alejandro Alonso González
Alejandro Alonso González
Colaborador. Componente en la cuerda de cornetas.
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