Reza Sevilla detuvo el tiempo justo antes de la Cuaresma 2026
Sevilla es capaz de detener el tiempo, incluso cuando el cronómetro corre en contra. El viernes 13 de febrero de 2026, la ciudad no lo puso fácil: una lluvia persistente, el tráfico denso de la SE-30 y un acceso al Palacio de Congresos (FIBES) que se antojaba imposible. Pero ni el colapso ni el retraso en el inicio mermaron la ilusión de quienes acudimos allí. Lo que vivimos dentro, rodeados de ese aroma a incienso que ya lo inundaba todo, fue mucho más que un espectáculo; todo salió redondo, tanto como espero sea esta crónica de una jornada única.
Desde nuestras butacas —ubicadas estratégicamente en esa zona central que, por primera vez, se reivindicaba como el lugar más privilegiado y cotizado para no perder detalle—, compartí la experiencia con mi pareja y mi tía. Los tres , maestros muy observadores coincidimos en la misma sensación: la expectación se palpaba. No sabíamos que íbamos a encontrarnos pues todo era en un primer momento nuevo para todos los presentes. Tan solo el programa podía adelantar los contenidos como el índice de un libro de texto. La realidad, no lo abrí. Preferí dejarme llevar jugar a adivinar qué sería lo siguiente y solo tras esos espacios comprobar si estaba más o menos encaminado.
En la mesa de sonido, el epicentro de la creación, se divisaba a un Manuel Marvizón ilusionante, custodiando su proyecto con el mimo de un orfebre. Las voces de Carlos Herrera y Fran López de Paz terminaron de envolvernos, sumergiéndonos en una narrativa visual de vídeos seleccionados con una sensibilidad exquisita.
El inicio rompió con cualquier protocolo. Sin avisos de megafonía, la luz se desvaneció y la Giralda emergió iluminada, como si el sol de un amanecer eterno bañara el escenario. Pero el verdadero escalofrío llegó desde las alturas. Siempre la Esperanza sirvió de obertura mágica.
No obstante, pronto asomaton por las murallas. Parecían arqueros apostados en las almenas. Comentamos asombrados al ver cómo los laterales y balcones del FIBES cobraban vida.
No era una banda sobre un escenario; era la Centuria Romana Macarena rodeándonos. El sonido de sus metales, interpretando desde lo clásico hasta lo más reciente, nos hizo vibrar. El corazón se nos congeló en un instante preciso: El Cachorro en Roma. Ver al Cristo de la Expiración fundirse con los sones de Imperium y el Senatus difuminado, sin duda, uno de los momentos más bellos que hemos presenciado en vivo.
La narrativa visual continuó con la Esperanza de Triana en misiones. Verla avanzar entre un mar de devotos, ancianos y enfermos, recordando a esa niña Esperanza que recibió el alta un 18 de diciembre (con el agradecimiento eterno a la Esperanza de Málaga), nos recordó el sentido profundo de nuestra fe.
El Soberano Poder ante Caifás, que parecía caminar entre nosotros con sus «izquierdos» y cambios de compás, trasladando la Plaza de la Magdalena directamente a nuestras butacas.
El escenario se convirtió luego en un altar para la pasión: de nuevo usando la altura como murallas desde las que rezar y exaltar.
Manolo Cuevas y su saeta al Cristo de San Bernardo, con la maestría de Las Cigarreras presidiendo el silencio.
El estreno orquestal de Gath Shemânîm: una luna radiante en pantalla y una cornetería que, de izquierda a derecha, brillaba con una nitidez sobrecogedora. Con lo compleja que es esa marcha imaginarla tocarla por orquesta, solistas y banda todos ellos en diferentes lugares.
Hubo momentos en los que el FIBES pareció transformarse en la Alfalfa o San Julián, el Salvador o San Pedro.
Fue especialmente mágico ver cómo los vídeos rescataban la esencia de La Hiniesta y la luz de la Candelaria; sus marchas, interpretadas con una delicadeza que erizaba la piel, se fundían con las imágenes de la candelería encendida, creaban un contraste hipnótico entre el brillo de la plata y el sonido rotundo de la orquesta. Esa conjunción de piezas clave —el barrio, la devoción y la música de siempre— nos recordó que la Semana Santa es un puzzle perfecto donde cada detalle, por pequeño que sea, cuenta y muchos, demostrando también que piezas quizás rara vez unidas cobraban sentido todas juntas.
La noche alcanzó su cénit con Joana Jiménez, cuya versión cantada de la marcha Rocío derrochó una fuerza que nadie esperaba. El final fue un ejercicio de unidad: las dos bandas de cornetas y tambores alternándose, solistas en el escenario y todos los artistas fundidos junto a los artífices de esta obra.
Incluso cuando las luces se encendieron y el FIBES comenzó a vaciarse, la música no se detuvo. Los artistas, en un gesto de puro agradecimiento y entrega, siguieron cantando mientras aplaudimos y pedíamos un bus no queriendo abandonar el recinto.
Sin lugar a dudas la imagen de nuestro querido Dioni junto al banderín de las Cigarreras de la Centuria y todo un elenco de artistas nos dejó a todos una lagrimita caer despacio. Mucho talento presente.
Ya en el coche, atrapados de nuevo en ese «parking infernal» que a ratos parecía una prolongación de la espera en una bulla, el silencio de la noche se llenó con el eco de los vídeos que habíamos grabado. Los tres volvimos a casa con la misma conclusión inamovible: habíamos sido testigos de algo irrepetible.
Lo que vivimos no fue un simple despliegue de talento, sino la unión armónica de las piezas clave que sostienen nuestra Semana Santa. Ver a la ROSS fundirse con el metal de las cornetas, sentir la dirección de Marvizón como el pulso de un capataz, y escuchar las voces que son banda sonora de nuestras mañanas de radio, fue entender que la tradición y la vanguardia pueden caminar de la mano con el mismo raccord.
Fue una noche donde las cornetas no solo tocaron marchas; se convirtieron en el latido de una ciudad que se preparaba para lo más grande. No pudo haber mejor broche para cerrar esta última semana de precuaresma. Nos fuimos con el alma llena y la fe renovada, con la fuerza necesaria para cruzar el umbral y entregarnos, por fin, a una Cuaresma que ya nos respira en la nuca. Sevilla ya suena a lo que tiene que sonar al rezo de un pueblo .