Domingo de Ramos 2026: Eucaristía convertida en metal
«Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí (Lucas 22,19)». Con la solemnidad de quien se sabe sacrificio y alimento, el Señor de la Sagrada Cena volvió a caminar bajo el dintel de Los Terceros un nuevo Domingo de Ramos. Era el 29 de marzo de 2026 y ya son 46 las veces que este binomio se pasea por las calles de Sevilla.
Mientras que músicos y espectadores iban abarrotando la Plaza de Los Terceros, la sensación de estar viviendo un nuevo Domingo de Ramos era más tangible. A pesar lo tempranero de la hora, al adelantar la salida a las 14 horas y ser la segunda del día, un año de sacrificio y sufrimiento tomaba sentido, una vez más, allí.
Los rayos de sol iluminaban el apostolado de Ortega Bru, y los nervios que recorrían los cuerpos de los componentes desaparecieron. El cáliz de señor se vació un año más con el fin de derrochar gloria y pasión sobre todos los presentes.
Bajo los sones de la Marcha Real y Cantemos al Amor de los Amores y, como no, Eucaristía, el imponente misterio de la Sagrada Cena recorrió sus primeros metros por la Calle Sol un nuevo Domingo de Ramos.
Cada paso dado suponía un recuerdo para el alma. Pero hay ciertos momentos merecedores de ser destacados. El discurrir del misterio por Orfila a sones de Al Señor de la Sagrada Cena, María, Reina y Madre, y Por Triana, Soberano, o el paso por Campana interpretando Amor de Madre y Eucaristía, himnos propios de Francis González Ríos quedaron grabados en la retina de todos y cada uno de los integrantes de la formación.
Impecable, el Señor de la Sagrada Cena continuó su estación hasta la Santa Iglesia Catedral. Una vez atravesada esta, y con el sol poniéndose sobre nuestros cuerpos, la plaza de la Alfalfa sería testigo de un espectáculo audiovisual inigualable. La música de Cristóbal López Gándara inundó cada metro del lugar, Agnus Dei y Gath Shemânîm nacieron del corazón de cada músico para llenar los del público.
El atardecer sevillano ya abrazaba a la cofradía cuando el misterio enfiló sus últimos metros de vuelta hacia Los Terceros, buscando el refugio de su templo. El cansancio acumulado en los labios de los músicos y en la cerviz de los costaleros se transformó en pura devoción cuando el metal rompió la oscuridad de la calle Sol con Yo soy la luz del Mundo, iluminando el caminar de un Señor que avanzaba inagotable.
A este rezo le siguieron la inmensa carga emocional de Y en la otra orilla… y la rotunda majestad de Soberano, que mecieron al apostolado con esa elegancia milimétrica que solo Las Cigarreras sabe imprimir. La calle Sol, abarrotada y sobrecogida, pareció detener el tiempo al escuchar los acordes de Agnus Dei, una súplica de plata y latón que preparaba la despedida.
Y allí, bajo el mismo dintel donde horas antes todo era promesa, el círculo litúrgico y musical se cerró de manera impecable: con los inconfundibles compases de la Marcha Real hilados al clamor de Cantemos al Amor de los Amores, el misterio de la Sagrada Cena se adentró en su casa, dejando flotando en el aire la certeza de que el milagro, un Domingo de Ramos más, había vuelto a consumarse.
Foto: Francisco José Borge