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El más Dulce reencuentro: La Otra Mejilla

Concierto de Las Cigarreras en el Santo Ángel 2026

Dicen que el tiempo es relativo, y la noche del viernes 30 de enero de 2026 la Iglesia del Santo Ángel se encargó de demostrarlo. Han tenido que pasar dos décadas, más de siete mil días y un sinfín de marchas para que las agujas del reloj de Las Cigarreras volvieran a sincronizarse con el pulso de Francis González Ríos. Pero cuando la batuta alzó el vuelo y rompió el aire en la calle Rioja, la abismal distancia de veinte años se redujo a un instante, convirtiendo la espera en un simple compás de silencio previo a la gloria.

Aunque el concierto estaba programado para las 21:15 horas, el reloj biológico del cofrade se adelantó. Pasadas las 19:30 horas, el templo ya se encontraba abarrotado. ¿Qué suponen, acaso, dos horas de cola para quienes llevan aguardando veinte años? A medida que se acercaba el momento, el ambiente se cargó de esa electricidad estática propia de las grandes noches, una mezcla de nostalgia y expectación ante la mística que envolvía el estreno.

Cuando los músicos comenzaron a colmar el altar, el murmullo cesó de golpe. Ahí estaba la clave. En la música, lo que no suena es tan importante como lo que suena, y la pausa dramática entre el compositor y la banda estaba a punto de resolverse.

Para poner palabras a lo inefable, el acto contó con un maestro de ceremonias a la altura: Fran López de Paz. Desde el atril, su voz —esa que ya forma parte de la banda sonora de la Cuaresma sevillana— no se limitó a enumerar un repertorio, sino que ofició de narrador necesario para entender la magnitud de la velada. Con el oficio del periodismo y la sensibilidad del cofrade, López de Paz supo templar los nervios y contextualizar el peso de la historia, hilvanando el relato de dos décadas de ausencia para preparar el terreno emocional de un público que, colgado de sus palabras, aguardaba el primer acorde.

El primer acto fue un homenaje a la identidad de la corporación del Martes Santo. El bloque introductorio repasó obras clásicas imprescindibles: Jesús Ante Anás, la marcha primigenia que el recordado Bienvenido Puelles dedicó a la hermandad, y Dulce Nombre de María, de Diego Alejandro Moreno. Tras ellas, la narrativa musical continuó con Ante Anás… El Hijo de Dios, de Cristóbal López Gándara, e Y dijo Anás… de Pedro Manuel Pacheco.

Y entonces, la espera capituló. Francis se puso en pie y su batuta firmó uno de los reencuentros más señalados de la escena cofrade sevillana. Sonaba La otra mejilla. Con ella, la historia viva de Las Cigarreras volvió a escribirse con la caligrafía de González Ríos, demostrando ante un público entregado que el estilo nunca se fue, solo estaba esperando el momento exacto para volver a casa. Al concluir la obra, la ovación fue unánime: alma de banda y compositor volvían a abrazarse, demostrando que habían sabido ponerle la otra mejilla al tiempo.

Tras desvelar el estreno, la noche se tornó en una antología necesaria, un viaje por la columna vertebral que sostiene el estilo de la formación. Lejos de dar tregua, se desplegó la complejidad sinfónica de Pasión, Muerte y Resurrección, recordándonos por qué esa partitura cambió las reglas del juego, para acto seguido inundar el templo con la fuerza arrolladora de Refúgiame. Fue un bloque donde ayer y hoy se dieron la mano, confirmando que las obras maestras de Francis no envejecen; al contrario, suenan con la madurez de quien se sabe eterno.

Para el broche final, el repertorio bajó de la cabeza al corazón. Sonó Tus Lágrimas, preparando el terreno para el desenlace inevitable. No podía haber otro final: cuando las primeras notas de Amor de Madre rompieron el aire, el Santo Ángel contuvo el aliento al unísono. Más que una marcha, sonó un himno generacional que, en esta noche de reencuentros, cobró un sentido nuevo.

Pero la velada no podía morir en la nostalgia; debía hacerlo con la promesa del futuro. Por eso, a modo de bis y sentencia definitiva, las cornetas volvieron a entonar La otra mejilla. Esta segunda interpretación ya no sonó a nervios de estreno, sino a confirmación rotunda. Fue la rúbrica perfecta para sellar la paz con el calendario: mientras el último acorde se perdía en la bóveda, el público comprendió que la herida de los veinte años había cicatrizado. Cigarreras y Francis se despedían hablando de nuevo el mismo idioma, dejándonos la certeza de que, para volver a empezar, no hay mejor manera que ofrecer, una vez más, la otra mejilla.

Fotografía: Salva López

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Imagen de Alejandro Alonso González
Alejandro Alonso González
Colaborador. Componente en la cuerda de cornetas.
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