Sueños que se cumplen e iluminan la Cuaresma en San Roque: Yo soy la luz del mundo
El viernes 6 de marzo de 2026, la Parroquia de San Roque se convirtió en un templo de sonidos y emociones. Bajo el marco del XIII concierto «Manolo Pardo… In memoriam» y en pleno 125º aniversario fundacional de la Hermandad de San Roque, la Banda de Las Cigarreras volvió a demostrar por qué su música es un faro en la Cuaresma sevillana.
Sevilla descubrió un hito histórico con el esperado encuentro entre dos instituciones de nuestra música: Manuel Alejandro González Cruz «Quini» y la banda de Las Cigarreras. Por primera vez en su dilatada trayectoria, el prestigioso compositor ha puesto su firma en el patrimonio de la formación. Con el estreno de «Yo soy la luz del mundo», se rompe un hielo creativo que muchos cofrades llevaban años esperando, fusionando la particular visión de «Quini» con el sello inconfundible y elegante de la banda. El resultado es una pieza que nace de este estreno inédito para sumar una nueva y brillante página a la historia de ambos.
A las 21:15 horas sonó el tambor y se dio paso a la marcha Maestro, fuera de programa y mientras el público accedía al templo. Una vez todos colocados, y bajo la experta conducción de Juan Manuel Román, quien supo transmitir con precisión el peso emocional del evento, se dio paso a un primer bloque musical de enorme solidez y clasicismo. Sonaron Triana llora tus Penas, Misericordia Isleña, Eucaristía y Sobre los pies te lleva Sevilla. Como es habitual en estos casos, el concierto pudo seguirse en directo a través de nuestro canal.
Estas cuatro piezas sirvieron para asentar el sonido de la banda en el templo y preparar el terreno para lo que estaba por venir, recorriendo desde el homenaje íntimo hasta la esencia más clásica de su repertorio. Una curiosidad sobre el repertorio del concierto, es que se interpretaron en total 10 composiciones, cada una de un compositor diferente.






El instante más esperado de la noche cobró vida cuando la figura de Manuel Alejandro se alzó frente a los atriles de la formación. No era un estreno cualquiera; era el encuentro íntimo de un creador con su nueva obra, guiando él mismo los compases de Yo soy la luz del mundo. Bajo sus brazos, que hicieron de batuta, el metal de Las Cigarreras dejó de ser instrumento para convertirse en puro sentimiento, moldeado por el hombre que imaginó cada silencio y cada regulador en su partitura.
La marcha floreció en las naves de San Roque como un amanecer sonoro, donde la dirección de su autor permitió que cada matiz, cada acento y cada intención dramática llegaran al corazón del público con una pureza absoluta. Fue un diálogo místico entre el compositor y su obra, una luz que inundó el templo y que demostró que, cuando la visión de un genio dirige la maestría de una banda, la música trasciende lo material para hacerse un eco en los corazones.
Tras un momento de éxtasis y revelación plena, el plano musical pasó a un lado para así dar paso a la presentación del cartel Suena Cigarreras 2026, obra de Daniel Valencia. Con una estética que capta a la perfección la identidad de la banda, el cartel puso la nota visual a una velada donde la música lo llenaba todo.

Tras un cálido aplauso y varios homenajes, la música debía seguir, y para ello, se interpretaron Llora la Esperanza, Y en la otra orilla… Sanctae Crucis y ¡Victoria! cuatro obras relativamente actuales de un corte menos clásico que parecía que servirían como el punto final para una noche de ensueño.
Parecía, pero no. Justo cuando el eco del último aplauso parecía anunciar la despedida y el templo de San Roque se preparaba para recuperar su silencio habitual, la música reclamó su sitio una última vez. No era un final, sino un regalo inesperado que rompió el protocolo de la clausura. En un gesto cargado de simbolismo, fue Mario Rescalvo, director de la formación en esta noche, quien asumió el mando para cerrar el círculo de la noche. Bajo su batuta, los sones de Yo soy la luz del mundo volvieron a brotar con una fuerza renovada, despidiendo el acto no con un adiós, sino con la reafirmación de que esa melodía ya pertenecía para siempre al repertorio de la banda. Fue el broche de oro perfecto: la visión del autor fundida con la maestría del director de la banda, dejando en el aire de la Cuaresma una luz que tardaría mucho en apagarse.